Cuenta Atrás
" Golpearon tres veces la puerta.
Apenas nos atrevíamos a respirar; cruzábamos miradas ansiosas para confirmar que estaríamos todos allí, que nos dominaríamos y mostraríamos firmes en nuestra silenciosa actitud; así nada ocurriría.
Agazapados en la semipenumbra, sabíamos bien que si no nos delatábamos se irían. Por fin, del otro lado de la puerta, se alzó la voz siempre imperiosa: “No podemos hacer nada, no se les escucha, no deben estar aquí. Vamonos”.
Aún no nos atrevimos a movernos hasta que el último ronroneo de los motores se extinguió en la incierta distancia. Entonces y sólo entonces, como las otras veces respiramos aliviados y nos tumbamos.
- No podemos continuar así, esto es insoportable. La próxima vez no haré nada por evitar que nos descubran.
Le miramos sobresaltados y furibundos, pero por primera vez (y ahora me parece increíble que así fuera) fui consciente de que aquellas palabras, las mismas, las había escuchando tantas veces antes. Muchas veces. Incluso yo las había pronunciado. Incluso él, que escondía la cabeza entre las piernas en un gesto de desesperación inútil, también las había pronunciado y escuchado antes, como n letanía.
Por eso ahora no nos torturamos demasiado; y él, que aparenta consumirse tan sólo está fingiendo. Todos lo hemos hecho alguna vez… lo seguiremos haciendo en un mudo acuerdo que se impuso para no cometer alguna estupidez irreparable: no más de dos a la vez; si dos perdían los estribos, el resto estaríamos obligados a conservarlos para estabilizar la situación. Un juego muy útil para no enloquecer del todo.
Me levanté para calentar u poco de café. (El café es el único estimulante que aún nos llega). Lo bebí a sorbos lentos sin moverme del rincón. Tres horas, veintisiete minutos, cuarenta y tres segundos, contabilizando desde el momento en que golpearon la cancela, faltaban para la próxima visita.
Ya casi no hablamos y apenas pensamos. Antes era distinto. También teníamos más tiempo, claro. Del exterior sabemos que las estaciones siguen sucediéndose normalmente, que el sol sale, que llueve y nieva a veces. Por lo demás ignoramos como son ahora las cosas; sentimos que han debido cambiar mucho, o no, pero al menos, en algún lugar, se sigue produciendo café, pan y naranjas, nuestros alimentos habituales. Cuando vinieron por primera vez, ni nosotros, ni creo que ellos, supusimos lo que después se convertiría en esto. Instintivamente nos arrojamos al suelo y guardamos silencio.
Hacía frío, a pesar de ello tengo la boca seca, las manos pegajosas, gruesas gotas de sudor resbalan por todo mi cuerpo, la cara me arde como calentada por el son de algunos veranos que todavía recuerdo. Se han prendido los motores, oímos disminuir su sonido, sabemos que se alejan.
- ¿Volverán?
Nadie contesta. Nos levantamos y giramos aturdidos por la habitación.
No sabemos cuantos son, jamás los vimos, aunque seguro que siempre son los mismos. No podría explicar el porqué de esta extraña certeza. Son cosas que se saben. Simplemente. No sabemos de donde vienen. Uno sólo es el que habla. Del resto oímos pasos, murmullos, toses.
Al principio disfrutábamos con la esperanza de que se cansarían, que parecerían más, que no volveríamos a saber de ellos. Eran, por supuesto ilusiones, y en el fondo, ninguno lo ignorábamos. Pero en nuestras conversaciones, cuando todavía las había, nos gustaba fanfarronear.
- ¿Volverán?
- No… se cansarán.
- Si, seguro que se hartan… a ver, ya veremos quien resiste más….
- Venga, joder, que está claro….
- Se cansarán…. Jajajaja…. Se cansarán, desde luego.
- Puede que ya ni siquiera vuelvan.
Pero volvían, siempre volvían y nunca los oíamos llegar: Sabíamos que ahí estaban cuando golpeaban la puerta. Después sí, después aprendimos a conocer el momento exacto de su llegada; segundos antes nos acurrucábamos en el suelo, preparados, anticipándonos, pero siempre con la vana esperanza de que quizá esa vez no iban a llegar,
Luego aterrados escuchábamos los golpes y terminaba nuestro sueño, rodaba silencioso junto a nosotros, por el suelo.
Impotencia y terror nos iban desgastando poco a poco. Comprendíamos que eran bastantes más, que nos superaban en número, que podían de pretenderlo, derribar sin dificultad alguna la cancela y descubrirnos. Que todavía no lo hubiesen intentado no significaba nada. Podían hacerlo cualquier día. Por eso utilizábamos toda nuestra prudencia y no nos dejábamos impresionar por el despliegue de manifestaciones sonoras con que nos obsequiaban antes de retirarse. Nunca pretendieron engañarnos fingiendo una falsa partida y así cogernos por sorpresa, pero era mejor estar prevenidos, por si acaso, mejor no tentar a la ¿suerte?
Así pues, segundos, minutos después del silencio, cuando la última onda sonora del último motor en marcha se había desvanecido en el silencio, aún callábamos, expectantes, a la escucha, sin bajar la guardia.
Y así ha sido siempre desde entonces. Esperar, soñar que no volverán, pero volvían, desalentar y recobrar energías- Y vuelta a lo mismo.
Poco a poco aprendimos a pronosticar el momento exacto de su visita. No ha sido en realidad difícil; sólo nos costó un poco de tiempo. Pero el tiempo en nuestras circunstancias poco importa. Qué ironía.
Entre la primera y la segunda visita debieron transcurrir unos treinta días, un mes aproximadamente. De la segunda a la tercera otros treinta. De la tercera a la cuarta… treinta días…. Al menos así nos pareció entonces. Lógicamente era algo que nos preocupaba e interesaba: conocer cuando… pues así no estaríamos desprevenidos.
Contábamos los días y al llegar al 30 tomábamos todo tipo de precauciones. Y así fuimos dándonos cuenta de que ellos iban adelantando la hora de su llegada. Es decir, que si la primera visita fue de noche, al cabo de un tiempo…. (….¡ tiempo !) era de tarde… y luego de mañana. Hasta que por fin llegaron el día 29, y luego el 28, 27, 26, 25…. Y así logramos deducir el proceso. No recuerdo la fecha exacta, pero suponiendo que viniesen por primera vez el día X a las 15h. por ejemplo, entonces la segunda vez llegaron el día X-30 a las 15h. concretamente. La tercera visita se adelantó un segundo, es decir llegarían a las 14h 59m 59 sg. Una vez transcurridos 29 días, 23 horas, 59 minutos 59 segundos desde la anterior. En la cuarta ocasión debieron llegar a las 14h 59m 58sg… y así hasta hoy. Ya digo que eso no fue difícil de descubrir… lo único que necesitábamos era paciencia y eso, es una de las cosas que no nos debía ni nos debe faltar a nosotros, ni entonces, ni ahora; ahora mucho menos… 3h 27m 43sg… 2h …. , 1h …. 1sg…. El último segundo y, por fin, la hora cero.
Ha de llegar el momento en el que la cuenta atrás termine. (O eso queremos creer y creemos). Eso puede suponer el fin del tormento. Puede suponer que no regresen nunca más, nunca mas… Quién sabe… casi no me atrevo a escribir las palabras: ¿ y si empieza nuevo ciclo…?
En tanto mantener esta espera impaciente sin impacientarse. Pensar que un error, un solo error nuestro podría ser fatal… ¿y si alguien no aguanta y grita la próxima vez….?¿... de qué nos habría servido todo esto…?
Cada vez tenemos menos tiempo para descansar…. Los segundos se acortan, se acortan…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………. un segundo…
Golpearon tres veces la puerta.
Apenas nos atrevíamos a respirar; cruzábamos miradas ansiosas para confirmar que estaríamos todos allí, que nos dominaríamos y mostraríamos firmes en nuestra silenciosa actitud; así nada ocurriría. "
Uno dicta, el otro escribe, incesantemente una y otra vez, ensimismados, siempre lo mismo…. Que no les falte tinta y papel… y cada loco con su tema en este mundo de locos en el que ni están todos los que son ni son todos los que están…
"Hospital Psiquiátrico de la Virgen de la Esperanza"… (reza el cartel en la entrada). Si me quieres escribir ya sabes mi paradero.
" Golpearon tres veces la puerta.
Apenas nos atrevíamos a respirar; cruzábamos miradas ansiosas para confirmar que estaríamos todos allí, que nos dominaríamos y mostraríamos firmes en nuestra silenciosa actitud; así nada ocurriría.
Agazapados en la semipenumbra, sabíamos bien que si no nos delatábamos se irían. Por fin, del otro lado de la puerta, se alzó la voz siempre imperiosa: “No podemos hacer nada, no se les escucha, no deben estar aquí. Vamonos”.
Aún no nos atrevimos a movernos hasta que el último ronroneo de los motores se extinguió en la incierta distancia. Entonces y sólo entonces, como las otras veces respiramos aliviados y nos tumbamos.
- No podemos continuar así, esto es insoportable. La próxima vez no haré nada por evitar que nos descubran.
Le miramos sobresaltados y furibundos, pero por primera vez (y ahora me parece increíble que así fuera) fui consciente de que aquellas palabras, las mismas, las había escuchando tantas veces antes. Muchas veces. Incluso yo las había pronunciado. Incluso él, que escondía la cabeza entre las piernas en un gesto de desesperación inútil, también las había pronunciado y escuchado antes, como n letanía.
Por eso ahora no nos torturamos demasiado; y él, que aparenta consumirse tan sólo está fingiendo. Todos lo hemos hecho alguna vez… lo seguiremos haciendo en un mudo acuerdo que se impuso para no cometer alguna estupidez irreparable: no más de dos a la vez; si dos perdían los estribos, el resto estaríamos obligados a conservarlos para estabilizar la situación. Un juego muy útil para no enloquecer del todo.
Me levanté para calentar u poco de café. (El café es el único estimulante que aún nos llega). Lo bebí a sorbos lentos sin moverme del rincón. Tres horas, veintisiete minutos, cuarenta y tres segundos, contabilizando desde el momento en que golpearon la cancela, faltaban para la próxima visita.
Ya casi no hablamos y apenas pensamos. Antes era distinto. También teníamos más tiempo, claro. Del exterior sabemos que las estaciones siguen sucediéndose normalmente, que el sol sale, que llueve y nieva a veces. Por lo demás ignoramos como son ahora las cosas; sentimos que han debido cambiar mucho, o no, pero al menos, en algún lugar, se sigue produciendo café, pan y naranjas, nuestros alimentos habituales. Cuando vinieron por primera vez, ni nosotros, ni creo que ellos, supusimos lo que después se convertiría en esto. Instintivamente nos arrojamos al suelo y guardamos silencio.
Hacía frío, a pesar de ello tengo la boca seca, las manos pegajosas, gruesas gotas de sudor resbalan por todo mi cuerpo, la cara me arde como calentada por el son de algunos veranos que todavía recuerdo. Se han prendido los motores, oímos disminuir su sonido, sabemos que se alejan.
- ¿Volverán?
Nadie contesta. Nos levantamos y giramos aturdidos por la habitación.
No sabemos cuantos son, jamás los vimos, aunque seguro que siempre son los mismos. No podría explicar el porqué de esta extraña certeza. Son cosas que se saben. Simplemente. No sabemos de donde vienen. Uno sólo es el que habla. Del resto oímos pasos, murmullos, toses.
Al principio disfrutábamos con la esperanza de que se cansarían, que parecerían más, que no volveríamos a saber de ellos. Eran, por supuesto ilusiones, y en el fondo, ninguno lo ignorábamos. Pero en nuestras conversaciones, cuando todavía las había, nos gustaba fanfarronear.
- ¿Volverán?
- No… se cansarán.
- Si, seguro que se hartan… a ver, ya veremos quien resiste más….
- Venga, joder, que está claro….
- Se cansarán…. Jajajaja…. Se cansarán, desde luego.
- Puede que ya ni siquiera vuelvan.
Pero volvían, siempre volvían y nunca los oíamos llegar: Sabíamos que ahí estaban cuando golpeaban la puerta. Después sí, después aprendimos a conocer el momento exacto de su llegada; segundos antes nos acurrucábamos en el suelo, preparados, anticipándonos, pero siempre con la vana esperanza de que quizá esa vez no iban a llegar,
Luego aterrados escuchábamos los golpes y terminaba nuestro sueño, rodaba silencioso junto a nosotros, por el suelo.
Impotencia y terror nos iban desgastando poco a poco. Comprendíamos que eran bastantes más, que nos superaban en número, que podían de pretenderlo, derribar sin dificultad alguna la cancela y descubrirnos. Que todavía no lo hubiesen intentado no significaba nada. Podían hacerlo cualquier día. Por eso utilizábamos toda nuestra prudencia y no nos dejábamos impresionar por el despliegue de manifestaciones sonoras con que nos obsequiaban antes de retirarse. Nunca pretendieron engañarnos fingiendo una falsa partida y así cogernos por sorpresa, pero era mejor estar prevenidos, por si acaso, mejor no tentar a la ¿suerte?
Así pues, segundos, minutos después del silencio, cuando la última onda sonora del último motor en marcha se había desvanecido en el silencio, aún callábamos, expectantes, a la escucha, sin bajar la guardia.
Y así ha sido siempre desde entonces. Esperar, soñar que no volverán, pero volvían, desalentar y recobrar energías- Y vuelta a lo mismo.
Poco a poco aprendimos a pronosticar el momento exacto de su visita. No ha sido en realidad difícil; sólo nos costó un poco de tiempo. Pero el tiempo en nuestras circunstancias poco importa. Qué ironía.
Entre la primera y la segunda visita debieron transcurrir unos treinta días, un mes aproximadamente. De la segunda a la tercera otros treinta. De la tercera a la cuarta… treinta días…. Al menos así nos pareció entonces. Lógicamente era algo que nos preocupaba e interesaba: conocer cuando… pues así no estaríamos desprevenidos.
Contábamos los días y al llegar al 30 tomábamos todo tipo de precauciones. Y así fuimos dándonos cuenta de que ellos iban adelantando la hora de su llegada. Es decir, que si la primera visita fue de noche, al cabo de un tiempo…. (….¡ tiempo !) era de tarde… y luego de mañana. Hasta que por fin llegaron el día 29, y luego el 28, 27, 26, 25…. Y así logramos deducir el proceso. No recuerdo la fecha exacta, pero suponiendo que viniesen por primera vez el día X a las 15h. por ejemplo, entonces la segunda vez llegaron el día X-30 a las 15h. concretamente. La tercera visita se adelantó un segundo, es decir llegarían a las 14h 59m 59 sg. Una vez transcurridos 29 días, 23 horas, 59 minutos 59 segundos desde la anterior. En la cuarta ocasión debieron llegar a las 14h 59m 58sg… y así hasta hoy. Ya digo que eso no fue difícil de descubrir… lo único que necesitábamos era paciencia y eso, es una de las cosas que no nos debía ni nos debe faltar a nosotros, ni entonces, ni ahora; ahora mucho menos… 3h 27m 43sg… 2h …. , 1h …. 1sg…. El último segundo y, por fin, la hora cero.
Ha de llegar el momento en el que la cuenta atrás termine. (O eso queremos creer y creemos). Eso puede suponer el fin del tormento. Puede suponer que no regresen nunca más, nunca mas… Quién sabe… casi no me atrevo a escribir las palabras: ¿ y si empieza nuevo ciclo…?
En tanto mantener esta espera impaciente sin impacientarse. Pensar que un error, un solo error nuestro podría ser fatal… ¿y si alguien no aguanta y grita la próxima vez….?¿... de qué nos habría servido todo esto…?
Cada vez tenemos menos tiempo para descansar…. Los segundos se acortan, se acortan…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………. un segundo…
Golpearon tres veces la puerta.
Apenas nos atrevíamos a respirar; cruzábamos miradas ansiosas para confirmar que estaríamos todos allí, que nos dominaríamos y mostraríamos firmes en nuestra silenciosa actitud; así nada ocurriría. "
Uno dicta, el otro escribe, incesantemente una y otra vez, ensimismados, siempre lo mismo…. Que no les falte tinta y papel… y cada loco con su tema en este mundo de locos en el que ni están todos los que son ni son todos los que están…
"Hospital Psiquiátrico de la Virgen de la Esperanza"… (reza el cartel en la entrada). Si me quieres escribir ya sabes mi paradero.